La camisa no me llega al cuerpo. Sólo pensar que tendré que examinarme de todas las lingüísticas en septiembre la moral se me va al suelo. Y eso, claro, en el caso de que las literaturas las apruebe, que tampoco hay garantías.
Hoy hemos tenido una de las famosas tutorías virtuales precisamente de lingüística. La propia tutora está escandalizada: por la enormidad de la materia exigida, por lo caóticamente que está presentada, por los conceptos que manejan y por la falta de información que ofrecen los señores del claustro de la asignatura. Equipo docente, dicen que se llama. Hace dos días publicaron una nota según la cual los criterios de evaluación cambian: se supone que ahora son más “suaves”. Pero estamos a mitad de curso y esto no se hace, entre otras cosas, porque muestran el grado de improvisación tan brutal que tienen. Imagino que es esta fuera una universidad presencia no se atreverían a hacerlo.
Hay gente que ya está hablando de denunciar esta situación, y alguna otra, al equipo de gobierno. Seguramente no es mala idea. Me pregunto si servirá de algo. También me pregunto si mi percepción de todos estos problemas no estará mediatizada por el rechazo por la materia, porque asquito ya le tengo, ya. Y eso que todos los días le dedico un rato, una hora u hora y media dependiendo del que tenga, con la secreta esperanza de que sirva de algo. Las gentes, amables, que me rodean me dicen que sí, que servirá, pero soy el que mejor conoce el grado de estupidez e incapacidad que tengo: es astronómica. En fin. Que por intentarlo que no quede.
Pero eso sí, la camisa no me llega al cuerpo.
P.D.: Escrito el tres de abril.