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La Coctelera

Desde el Limes

Historias desde la frontera del Mundo

9 Mayo 2009

La primera guerra que en el mundo ha habido

Ayer charlaba con una amiga y, por cosas de la conversación, acabó diciéndome que "las guerras que las provocan los hombres", entendiendo "hombres" como género y no como el conjunto de la humanidad. Este es un discurso bastante extendido, con ciertos tintes feministas, que puede que tenga unos ciertos visos de realidad. Pero... dejadme contaros cómo pudo ser la primera guerra en el mundo ha habido. Desde luego, es sólo una suposición, y como tal puedo estar equivocado, pero....

En la época de los trogloditas, allá por la Prehistoria, periodo lejano pero que aún recodamos, la manada de los Pep se desplazaba en busca de un lugar mejor en el que vivir. Los alrededores de las cuevas en las que hasta ese momento eran su hogar estaban resintiéndose de su larga presencia y las mujeres se tenían que desplazar cada vez más lejos para recolectar frutos y bayas, tenían menos tiempo para poder recoger, por lo que la comida era un poco mas escasa cada día. Así pues, las hembras hablaron con sus machos y no les fue muy complicado llegar a la conclusión que había que mudarse.

Como siempre ante una mudanza, todo era alegría, fiesta y un "¡cómo podemos tener tantas cosas!"; pero, al fin, partieron. Tomaron la dirección del mediodía, en la creencia que por allá habría mejores tierras y más alimento. A medida que el viaje se alargaba, esta conclusión se demostró cierta. El suelo era cada día más verde, los arbustos y los árboles estaban cada vez más cargados de frutos y los pequeños animales abundaban. El problema es que no encontraban ninguna cueva en la que resguardarse. Pasaron así algunas Lunas, en realidad felices, pero un tanto preocupados.

Así estaban cuando oyeron lo que parecían voces: habían encontrado a la manada de los Jos. Rápidamente, los machos de la manada de los Pep pasaron al frente, con Pep-Eh! al frente, como macho dominante del grupo. El macho dominante de los Jos, Jos-Eh? llamado, se acercó hasta el grupo y les preguntó que a dónde iban. Pep-Eh¡ le explicó su situación y la pretensión de encontrar una nueva cueva para vivir. Jos-Eh? les felicitó por la decisión que habían tomado al encaminarse hacia allá, porque, les dijo, sus exploradores sabían de un lugar prefecto para vivir a menos de media Luna de distancia y que, sin problema, les indicarían el camino. Eso sí, al día siguiente, que hoy serían sus invitados y comerían todos juntos una sabrosa comida, cantarían ritmos y, con un poco de suerte, montarían a las nuevas y hermosas hembras de los Jos y de los Pep, siempre, claro, que ellas lo desearan. Y lo desearon.

Así pues, la manada de los Pep permaneció casi una Luna completa con la de los Jos, porque  era muy agradable para las hembras que un macho extraño las  cubriera. Meses después, algún Pep nació que recordaba ligeramente a un Jos, y algún Jos con los rasgos de un Pep. Y todo era alegría y felicidad. Pero llegó el momento de la partida.

Los Jos indicaron, por mediación de Jos-Eh?, a los Pep por dónde encaminarse para llegar al nuevo emplazamiento y cómo evitar los peligros para llegar a él. Así, el viaje fue rápido y sin contratiempo. El lugar era tal y como se lo habían descrito: la cueva, amplia, bien ventilada y sin rastro reciente de animales, un riachuelo corría a escasos quince metros de la boca de su nueva residencia y los alrededores estaban absolutamente llenos de plantas con sabrosos frutos y animales para alimentarse. El lugar era de ensueño, y los Pep estaban felices con su decisión de trasladarse.

Así pasó una Luna. Así pasaron dos Lunas. Los machos salieron de caza y regresaron a los pocos días con el fruto de su trabajo, un ciervo macho enorme, con carne como para alimentar a toda la manada al menos durante tres cambios de Luna, con pieles para vestir a tres hembras y tendones para hacer varios arcos. Y una cormaneta como para renovar la del hechicero, que ya iba siendo hora. Los machos estaban felices. Pero no así las hembras. Y los machos preguntaron.

Pep-Ah!, la hembra dominante, le dijo a Pep-Eh! que no era justo que ellas vivieran así, con el agua tan lejana, con los arbustos tan pobres y los animales tan escasos. El pobre Pep-Eh! estaba maravillado: no daba crédito a lo que oía. Él, macho razonable, le dijo que cómo podía decir esas cosas, que su refugio anterior era como una de esas cosas oscuras que tan mal olían cuando salían por abajo después de comer bien a gusto y que se dejara de tonterías, y que guisara el ciervo que tenía hambre y le apetecía comer. Las hembras, callaron.

Pasó un cuarto de Luna y los machos estaban sorprendidos. Pasó media Luna y los machos estaban extrañados. Pasó una Luna, y los machos estaban preocupados. Pep-On! se acercó al jefe y le preguntó que qué era lo que él opinaba, ya que no era normal lo que estaba sucediendo: ninguna hembra se dejaba montar, desde hacía demasiado tiempo, y no lo comprendía ni él ni nadie. Pep-Eh! también estaba preocupado, pero procuaraba que no se le notara demasiado. Algo pasaba, estaba seguro, y no era nada bueno. Nunca, desde que tenía recuerdo, había sucedido semejante cosa. Ni siquiera, y esto ya marcaba el carácter voluntario de la decisión de las hembras, ni siquiera Pep-Ih! se dejaba montar, con lo que a ella le gustaba. Así que habló con Pep-Ah!

Esta le volvió a repetir sus quejas sobre su emplazamiento, y que ellos eran unos malos machos y terribles engendradores de crias al no ver la situación tan terrible en la que vivían ellas, atadas a la cueva, sin poder salir a cazar tan agradablemente como hacían ellos. Él quiso hablarle del frío, del miedo, del peligro que en sus partidas de caza sufrían, pero pensó que no merecía la pena. Además, sólo quería llegar a una conclusión y poder regresar a una situación normal. Así que le preguntó si quería trasladarse de nuevo. Y ella le insultó, como nunca había hecho. El pobre Pep-Eh! estaba desolado. No entendía a la hembra. Ella, por fin, más calmada, le dijo que lo que tenían que hacer era establecerse en el valle de los Jos. Pep-Eh!, con buen criterio, le dijo que aquel era un buen valle, pero que les pertenecía a ellos y que, sin duda, no habría alimento para todos. Entonces, Pep-Ah!, casi en un susurro, le dijo: "Échalos". Pep-Eh! primero no entendió; después sí. Y quedó horrorizado. Y le contestó que cómo podía pensar así, que cómo se le ocurría, que aquella gente les había ayudado y que si estaba loca. Pep-Ah! chilló que era un mal lider, que dejaría que sus crías murieran de hambre, y que por eso no tendrían más, ni ella, ni ninguan de las hembras. Pep-Eh! se levantó enfadado.

Pasaron así un par de Lunas. Los machos salieron tres veces más de caza, pero las cosas no mejoraban. Las hembras estaban realmente enojadas y se  vigilaban las unas a las otras para que no se dejaran montar, a pesar de las ganas tremendas que tenían. Al fin, una noche, Pep-On! se acercó a Pep-Eh! y le dijo que tal vez ellos estaban errados y ellas en lo cierto. Tal vez ellos eran unos malos machos que dejaban que sus crías pasaran hambre, no ahora, pero sí en el futuro. Y que, tal vez, deberían ir al valle de los Jos y pedirles amablemente que se marcharan. Y que si no querían irse... pues que se fueran igual. Y que les dejaran dos o tres hembras, de paso, las jóvenes, para tener más para elegir y que esto volviera a pasar. Pep-Eh! prometió pensarlo y que al día siguiente tendría una decisión.

Dos días después, todos los machos de la manada, con las  armas de ataque preparadas, salieron rumbo al valle de los Jos.

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marlen

marlen dijo

que haces

31 Agosto 2009 | 11:03 PM

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Sobre mí

Me apasiona hacer teatro, aunque no soy un experto. Me fascina la música, el cine, la literatura, aunque tampoco soy un experto. Me entusiasma viajar, conocer lugares y gentes, aunque, ¡ay!, no lo hago tanto como quisiera. Y, claro, me gusta escribir, aunque nunca ganaré un premio.

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