En los últimos años habré estado en Ucrania como seis o siete veces. Al principio, claro, era muy emocionante: país extraño, con costumbres más extrañas todavía, con una moneda tan débil que lo que yo traía para dos semanas doblaba el salario medio de cualquier lugareño, un caos por doquier y gentes frías, pero, aparentemente, amables. Era una gran aventura venir a estas tierras. Ahora, sin embargo, sólo me aburro.
Debería determinar el por qué, imagino. A bote pronto diría que la amabilidad de la gente ya sé que, en la mayoría de los casos, es sólo interés, y no por mi vida precisamente; que la corrupción está tan extendida a todos los niveles que a estas alturas ya casi no lo llamaría corrupción, sino jungla o caos, da igual; que el idioma es una jerga ininteligible y que es raro, incluso en lugares teóricamente turísticos, que alguien hable algo comprensible; y que mis viajes aquí ya han dejado de ser de descubrimiento para convertirse en una visita a la familia, en el pueblo de siempre y con la gente de siempre... a la que no entiendo.
Así que ahora, símplemente, me aburro. Y cuando pienso en el futuro, ese en el que mi fuertote necesitará venir para conocer sus raíces, aprender su idioma y, supongo, descubrir quién es, tiemblo. Porque, evidentemente, tendré que venir con él para ver cómo conoce sus raíces, cómo aprende su idioma y cómo descubre quién es. Ojalá que para entonces esa tarea sea tan apasionante que me olvide de que en Ucrania me aburro.
P.D.: Escrito el dos de marzo.
Y tanto caos que tienen que para sacar la nacionalidad ucraniana tengo que renunciar a la argentina, asíque ni de coña. Ya veremos si la cosa cambia en unos años...