Que los alemanes son peculiares es algo que a nadie escapa; que mantienen grandes diferencias, en cuanto a ciertos conceptos de convivencia social, con los españoles es más que evidente.
Cuando llegué aquí, hace ahora un poquito más que un lustro, una de las primeras cosas que me sorprendieron fue la basura, la recogida más exactamente. Que separaban en cuatro partes ya lo sabía, aunque en España nos ganaban por una, la “biológica”, al menos cuando yo me fui de allí. Así que no era esto lo sorprendente: lo sorprendente fue que sólo recogen una vez por semana, da igual el tamaño de la ciudad. Esto no significa que no pasen camiones todos los días, por las mañanas no por las noches, que lo hacen, sino que lo hacen por rutas establecidas por barrios, de tal modo que por cada calle sólo pasan una vez a la semana: en la mía, los martes.
Los carteros, esforzados ellos, reparten mayoritariamente en bicicleta. Son amarillas, de transporte, con una gran plataforma delante y dos más pequeñas detrás, y con las ruedas desparejas. También reparten, invariablemente, los sábados y la gente de este país, tecnológico como pocos, sigue enviandose cartas escritas a mano, en bonitos papeles de colores y timbradas con preciosos sellos postales.
Hoy nos han dado plantón en el ayuntamiento. La alcaldesa iba a explicarnos a una serie de organizaciones de todo tipo, pero especialmente formadas por extranjeros, sus medidas de integración para ellos, o mejor dicho, nosotros. La reunión no ha tenido lugar. Estando en la puerta, un poco molestos, ha salido la regidora, nos ha saludado amablemente y nos ha pedido disculpas:. Su niña está malita y no quiere dejarla sola. Después, se ha puesto el casco, se ha echado la mochila a la espalda, y se ha marchado, pedaleando, a cuidar a la pequeña, a casa.
Nosotros hemos hecho lo propio.
P.D.: Escrito el veintiuno de marzo
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